miércoles, 10 de octubre de 2012

TRIBUTEMOS MÁS EQUITATIVAMENTE, POR FAVOR.


Hagamos un ejercicio de imaginación y supongamos una sociedad en la que todos los adultos en edad de trabajar tienen un una trabajo que ofrecer a los demás. Imaginemos, además, que son honrados y dispuestos a ejercitar sus respectivas habilidades en provecho de cualquiera que se lo demande a cambio de nada.
Una sociedad así no necesitaría para nada el dinero puesto que sus necesidades estarían satisfechas a cambio de nada.  Algunas comunidades amish  funcionan así; sin embargo ya se que eso sería casi imposible de conseguir. Sólo lo indico como ilustración para que veamos claramente que el dinero no genera los bienes y servicios que demanda una sociedad, sino que es el trabajo de esa sociedad lo que verdaderamente genera esos bienes y servicios; el dinero sólo facilita el necesario intercambio entre los miembros de esa sociedad.
Todo esto viene a cuento porque, en medio de esta crisis en la que llevamos instalados ya va para cinco años, estamos permitiéndonos el lujo de tener ociosos a una de cada cuatro personas en edad y con ganas de trabajar. Es, sin embargo, un lujo que no podemos permitirnos. Nuestro PIB baja cada día, pero todo lo que hacemos es enviar más gente al paro. A más paro, más baja el PIB. El estado recauda menos, no se pueden atender necesidades sociales básicas tales como sanidad y educación, la creación y mantenimiento de las infraestructuras agrícolas e industriales se deteriora aceleradamente.
Y nuestro actual gobierno piensa que quizás gastando todavía menos podrá remediar de algún modo esta penosa situación. Gasta menos, de nuevo baja el PIB, y todo empeora; las prestaciones sociales desaparecen o son meramente testimoniales. Cada vez el estado necesita pedir más dinero prestado con lo que todavía detrae más recursos sólo para pagar los intereses de la deuda. Encima están tan contentos, tan gallardos, tan airosos. Es una pandilla de incompetentes o de malvados, Quizás de malvados incompetentes.
El remedio pasa necesariamente por poner a trabajar a toda esa mano de obra ociosa. En vez de recortar prestaciones sociales se deberían haber incrementado, más gasto en sanidad, más gasto en educación más gasto en infraestructura, más gasto en atención al medio ambiente, etc.
¿Y como se le paga si no hay dinero en las arcas del estado?
Se me ocurren dos soluciones.

La solución A requiere afrontar la realidad de igualar el esfuerzo fiscal de todos los que debemos pagar impuestos al estado. Todo lo que se requiere es:
En primer lugar, simplificar la fiscalidad eliminando toda esa hojarasca de exanciones, reducciones, etc que constituyen el meollo de la ingeniería fiscal. Don XXX gana tanto al año, pues paga lo que le corresponda en función de ese tanto que gana, venga esa ganancia de donde venga, del trabajo, del capital, de los dividendos empresariales, de las herencias o de los juegos de azar.
En segundo lugar es aplicar como factor para indicar la carga fiscal aplicable a cada  persona física o jurídica el concepto de esfuerzo fiscal, es decir, equiparar el cociente de carga_fiscal/ingresos para todos los contribuyentes. Es decir, establecida la carga fiscal del salario mínimo, por ejemplo el 0,01 %, los ingresos brutos n veces mayores que el salario mínimo, tributarían con una carga fiscal n veces mayor. Esto querría decir que unos ingresos 1000 veces el salario mínimo habría de tributar con el 100%, lo cual se lograría, entre otras cosa, evitar el sarcasmo de ingresos de 6.000.000 al mes. Nadie aporta a la sociedad diez mil veces más que otro.

La solución A redunda en tocarle más el bolsillo al que más ingresa. No se si habría algún gobierno con la empatía y el valor necesario para llevarlo a cabo. Pero nos quedaría una solución B que consistiría en, sin abandonar el euro para las transacciones internacionales, reestablecer la peseta como moneda de uso interno. El estado pagaría sus obligaciones internas en pesetas y todas las transacciones internas se realizarían en esta moneda. Así estuvimos durante muchísimos años manejando pesetas dentro y manejando dólares fuera. Con esto el estado no tendría que andar todos los días “colocando” deuda soberana y endeudándose más cada día con el sólo fin de pagar los intereses de la deuda.
Esta segunda solución acabaría, lo más seguro, por devaluar la peseta en relación con el euro, pero sería una forma de que el empobrecimiento generalizado que toda devaluación supone repercutiera más justamente entre ricos y pobres, aquéllos estarían más afectados por una ciega devaluación.



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