miércoles, 5 de diciembre de 2012

DESDE LA ALTIVA PRINCESA...


Dicen que estamos tan mal en España porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Se refieren los que propalan este infundio a todos esos gastos que han hecho las entidades públicas y que no han reportado nada a cambio. Hay muchos ejemplos de esos gastos inútiles. Quizás el paradigma de ese gasto inútil haya sido el aeropuerto sin aviones de  Castellón, pero podríamos citar muchos más, desde los mármoles del palacio de San Telmo en Sevilla (PSOE) hasta los cinco mil gaiteiros de las tomas de posesión de aquel incombustible Fraga (PP).

Sin embargo afirmo y sostengo que esos gastos no han sido causantes de otra cosa que de haber dado trabajo a la gente, albañiles, fabricantes y gaiteiros. El dinero que se dio a todas esas personas que aportaron su trabajo para esos excesos revertió a la sociedad en forma de consumo, de impuestos o de ahorro. Gracias a esos dispendios se le dio trabajo indirecto a otros muchos oficios y profesiones y todo ese trabajo constituía la verdadera riqueza nacional.

Harina de otro costal es, sin embargo, los dineros públicos que so capa de esos fastos han pasado a manos de intermediarios que, lejos de revertirlos a la sociedad, se han apresurado a especular con ellos y a derivarlos a paraísos fiscales. Ese dinero es el que realmente ha desangrado las arcas del país. Por desgracia tales prácticas no han sido la excepción, sino la regla. Ha abarcado, como las conquistas de don Juan Tenorio, desde la altiva princesa a la que pesca en ruin barca, desde el yerno del monarca hasta muchos concejales de urbanismo.

Por eso la gente normal no entiende este tremendo castigo que nos están imponiendo.  No entienden que hayan de pagar los justos los pecados de los pecadores. No es verdad que no haya trabajo. Hay trabajo de sobra. Hay sistemas que ampliar y mejorar para, por ejemplo, tener una justicia eficaz y oportuna, hay enfermos a los que atender, discapacitados a los que ayudar, estudiantes a los que instruir, infraestructuras que ampliar, mejorar y mantener. Toda esta serie de cosas, que forman lo que se llama el estado de bienestar, constituyen lo más cercano que tenemos al reino de Dios aquel que predicaba Jesús el Nazareno. Esa debiera ser la principal preocupación de todo gobernante. Endéudese el estado en fomentar esos campos de acción y todo lo demás se nos dará por añadidura, porque habremos buscado el reino de Dios y su justicia.

 

 

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