jueves, 1 de diciembre de 2011

LEY DE BRONCE DE LOS SALARIOS.

La ley de bronce de los salarios, que enunció David Ricardo allá en la segunda década del siglo XIX, indica que los salarios de la fuerza de trabajo tienden siempre a reducirse hasta el mínimo suficiente y necesario para garantizar su supervivencia.
Tal como se enunció por los economistas “clásicos”, el presunto culpable de que se cumpliera esa ley tan despiadada, que condena al proletariado a una vida más bien mísera, era el hecho de que si los salarios se mantenían a un nivel superior al de subsistencia, las masas proletarias empezarían a tener más hijos, aumentaría la oferta de mano de obra y con ello se reduciría su precio, su nivel de salarios.

Es una perspectiva un tanto sesgada para hacer recaer la culpa de esa mísera condición en ese desmedido afán de reproducirse de la clase trabajadora.
No se si en aquel entonces sería esa la razón de ley tan severa. De lo que creo estar en lo cierto es que hoy por hoy no es esa la razón, o, al menos, no la razón principal.
El mismo David Ricardo había enunciado la ley de los rendimientos decrecientes, es decir, existe en todo crecimiento empresarial un nivel que si se sobrepasa sus beneficios empiezan a disminuir.
Sin embargo la tendencia de las empresas es a crecer indefinidamente en busca de beneficios cada vez mayores. Basta con leer los resultados empresariales para ver que su obsesión es ir aumentando cada año los beneficios en relación con el año anterior.
Mientras existió el patrón oro para el dinero, la ley de hierro de los salarios se manifestaba en toda su crudeza; los asalariados se veían forzados a trabajar cada vez por un jornal menor.
Pero luego decidimos abandonar el patrón oro y la ley de hierro quedó camuflada, oculta, por ese fenómeno de la inflación controlada. Los salarios reales disminuían, pero los salarios nominales aumentaban Eso provocaba un cierto espejismo de que todo iba viento en popa. Al menos nominalmente, los empresarios cada vez obtenían más plusvalía de las rentas de sus trabajadores y estos creían que sus sueldos aumentaban cada año un poco más. La economía en general pasaba por un intenso período de euforia y  de vez en cuando la burbuja de la confianza ilimitada se venía abajo provocando  breves derrumbes económicos  que provocaban leves reajustes y luego se desataba de nuevo la euforia de todos.
No hacía falta que el proletariado incrementara su prole para que hubiera exceso de  oferta de mano de obra; el recurso ahora era mucho más rápido y sencillo: se cierran los grifos del crédito, con ello se lleva a la ruina a un buen puñado de empresas prescindibles que despiden a sus empleados aumentando el número de parados hasta los niveles deseados para que se tenga que aceptar cualquier trabajo a cualquier nivel de salario.
Conseguido esta domesticación, se vuelven a abrir los grifos del crédito y de nuevo las empresas empiezan a absorber mano de obra
Si esto se hacía en el marco de una inflación no demasiado escandalosa los proletarios ni se daban cuenta de que sus salarios habían perdido valor adquisitivo, más aún cuando se les permitía e instaba a endeudarse para beneficiarse de un estandar de vida más alto.
La crisis actual nos parece mucho más severa, principalmente en el marco de la unión Europea, debido a que de alguna manera hemos implantado de nuevo el patrón oro, el patrón euro. No nos podemos entonces permitir el recurso a un proceso inflacionario; el valor del euro debe mantenerse a toda costa.
La disyuntiva para los asalariados es  clara, o resignarse a ver recortados sus salarios o pasar a incrementar las listas del desempleo. Hay, no cabe duda, otra alternativa: desacralizar el euro aunque ello traiga consigo que las fortunas amasadas bajo su patronazgo, pierdan algo de su valor real. Sin esta alternativa, mucho me temo que se perderemos la armonía social imprescindible para que podamos vivir en paz.